Economia A Pie De Calle

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Contra los radicalismos, soberanía y transparencia

 

El reto para frenar los radicalismos y populismos consiste en que lo legítimo, los límites, las normas y la ética se plasmen en reglas

JOSÉ MOLINA

 

Las grandes conquistas en libertad, justicia, solidaridad, género e integración racial, suscitan consensos más teóricos que reales. Cuando descendemos a pie de calle nace la duda, la cual se hace presente en muy diferentes embrollos ideológicos que entremezclan problemas e intereses que nada tienen que ver con los conceptos esenciales. El espectáculo en la UE es un dato a considerar, tanto en la política de migración como en recortes, represiones y movimientos antidemocráticos. Y los recientes resultados en EEUU con el resurgir del más rancio conservadurismo es una señal de alarma, Nietzsche nos recuerda: me asome al abismo y me reconoció.

La democracia no ha eliminado lo que Max Weber denominó “la manía clerical de querer siempre tener razón”, y vivimos con amargura las debilidades de una democracia que no sabe interpretar los sentimientos y prioridades de su ciudadanía. La clase política da la sensación de que no participa del sentir de la calle, de sus opiniones, de sus discrepancias y de lo que representan: los principios y derechos ciudadanos. Hoy flota una pregunta en el ambiente: ¿Existe el Derecho?

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El historiador británico Runciman nos dejó dicho que las democracias liberales tienden a derivar hacia la injusticia, porque sus ciudadanos se han acostumbrado a vivir al resguardo de las concentraciones de poder político sin darse cuenta de que así se exponen al riesgo de quedar sometidos al poder económico.

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La democracia en directo

Vivir la democracia en directo es un reto. Los Consejos de Transparencia lo tenemos que asumir, y en mi ponencia del Congreso Internacional del Gobierno Abierto a celebrar en Valencia los próximos días 8 y 9 de septiembre, es el tema que voy a abordar.
Pienso que la relación que hoy existe entre gobernantes y gobernados, es una relación compleja, porque existen tensiones contradictorias, entre la visión del ciudadano y el oficio de los políticos elegidos. Y en ese desencuentro, no se toma siempre el camino acertado, sustituyéndolo muchas veces con los términos recurrentes de “proximidad”, pero olvidamos que la búsqueda de la cercanía con la ciudadanía, es un imperativo de la TRANSPARENCIA, y en esa arquitectura política, es donde se abandona lo impersonal y lo abstracto, y aumenta la sensibilidad ante una sociedad plural, y es entonces cuando empezamos a comprender la complejidad.
Las políticas públicas, en ese contexto viven la realidad del mundo de la pluralidad, un mundo que no se divide en mayorías ni minorías, ni ganadores de elecciones, ni excluyentes, sino que en el horizonte se tiene como tarea común no privilegiar a nadie, y es entonces cuando las sociedades sienten el buen gobierno de lo público, participando y controlando. La democracia nos plantea situaciones complejas, y cuando los resultados electorales hay que interpretarlos, es poco realista no experimentar que la democracia hay que vivirla desde ese compromiso, porque es ahí donde encontraremos más libertad.

José Molina. Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia

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SENSIBLES AL CAMBIO

Hace un año que se constituyó el Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia, y debo manifestar que la sociedad civil ha sido “sensible al cambio” para una sociedad más transparente. Mi agradecimiento por su colaboración y espero que entre todos podamos construir un nuevo modelo de convivencia.

 

 Decía Platón en “La república” que la tiranía hay que rechazarla porque repugna participar en un sistema que ejerce el poder con temor, inseguridad y relación única. Ante eso tenemos que reaccionar con indignación, vergüenza y rabia. Pero no alcanzaremos esos sentimientos del cambio y si no hay sensibilidad ante lo inaceptable e injusto.

Adam Smith, en su “Teoría de los sentimientos morales” nos señalaba bien claro que en los orígenes de la economía liberal se encuentra ese sentimiento de aprobar lo que nos da satisfacción. Es la empatía la que nos conmueve y es la indiferencia la que nos lleva a no sentir nada. Aquello que no nos subleva, que en lenguaje coloquial, se dice que nos deja fríos” es inhumano. Precisamos para vivir en comunidad esos sentimientos que nos hagan partícipes y miembros activos de una comunidad que siente en común y cuando se consigue, contamos con un poder social de cohesión, si no está presente no hay constitución que mantenga lazos, es la indiferencia de unos con los otros. Es la separación por la rotura de no sentir lo mismo, sin embargo, cuando existe ese sentimiento nos encontramos con la fortaleza de las idas y es en ese punto dónde se reafirman las posiciones y el contrario depende de nosotros. Dominamos, al contrario, con la empatía, cuando lo desarmamos que es cuando socialmente lo hemos desmoralizado, o sea, cuando lo desnudamos y demostramos que carece de moral. Y es cuando queda en evidencia que viven en la “indiferencia” porque no hace suyo lo que los demás diferenciamos entre el bien y el mal.

Poder de la información (1)

Es bueno recordar que en la Grecia clásica el “idiotes” era quien no participaba en los asuntos públicos y prefería dedicarse únicamente a los asuntos privados y recordemos que fue Pericles el que deploraba que hubiera en Atenas indiferentes, “idiotas”, que no se preocupaban por aquello que a todos nos debe concernir.

La perversión del lenguaje, ha convertido el término en una extraña figura y son listos, los que van a lo suyo, y los más listos, son los que incluso se apropian de lo público, y esas conductas, que por desgracia todavía no hemos erradicado de la vida pública, la ciudadanía no siente el suficiente rechazo y los tenemos presentes en la sociedad actual.

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Vergüenza y corrupción

Autor: Gabriel Navarro Carretero

Este articulo fue publicado en eldiario.es el 21 de mayo de 2015. Y es una buena reflexión en estos momentos en donde tenemos que manifestar con el ejercicio democrático la dirección más comprometida con los deseos de la ciudadanía por una sociedad más ética. Gracias al autor por autorizarme su reproducción.

Habla pueblo

Todos hemos sentido en algún momento el sentimiento de vergüenza ante actos y situaciones a veces provocados por nosotros mismos, o bien por otras personas cercanas. En psicología se entiende por vergüenza una sensación humana mediante la cual se toma conciencia del deshonor o desgracia por una conducta inadecuada al contexto, o respecto a lo que se esperaba en nuestro entorno social. Aparece cuando nos observan haciendo algo que consideramos puede afectar a nuestra imagen social o la propia valoración personal, e intentamos esconderlo. Nos sentimos indignos frente a los otros, perdiendo la cualidad precisa para ser aceptado por quienes nos rodean.

Aparte de las diversas situaciones personales en donde podamos revelar esta sensación que puede ser vivida interiormente, la expresión más grave de vergüenza aparece cuando nuestra conducta es una deshonra, o provoca humillación, para nuestros conciudadanos. Ahí es donde la incriminación provoca que la vergüenza personal se vea intensificada por el público conocimiento de nuestros actos discordantes. La vergüenza forma parte de la socialización de cualquier sociedad, funciona como un precedente moral, al ser una conducta esencialmente de corrección de determinados comportamientos.

Algo así tuvo que sentir el alcalde de la tercera ciudad en importancia de Holanda, uno de los países con mayor índice de bienestar social a nivel mundial, cuando al día siguiente de llevar a su hijo al colegio en el coche oficial, tuvo que contemplar avergonzado cómo sus vecinos se colocaban silenciosos frente a su domicilio, y no tuvo más remedio que dimitir. Piensen, aunque sea por un breve instante, la diferencia abismal con algunos de nuestros políticos profesionales, que no tienen vergüenza al proceder sin considerar el mal que causan por sus decisiones políticas cautivas, o por su aprovechamiento indecente de su poder en beneficio propio.

Generalmente esta conducta de “no tener vergüenza” de ciertos políticos está ligada a un escenario de corrupción que aparece cuando falta una clara delimitación entre lo público y lo privado, ante la existencia de un ordenamiento jurídico inadecuado a la realidad social, con una práctica deficiente de las instituciones públicas y en un contexto de amplia tolerancia social hacia el disfrute de privilegios privados; lo cual permite que prevalezca una moralidad del lucro privado sobre la integridad cívica.

Entre los aspectos virtuosos de la ciudadanía se encuentra el acierto a la hora de elegir a nuestros mejores representantes

Algunos de ustedes pensarán que, no obstante, si aparecen esas conductas es porque procurarán cierto efecto positivo en la economía de su entorno próximo, y que esta clase de conductas están generalizadas. Y si, según se ha estudiado, el 70% de los directivos considera “habitual” el soborno y la corrupción en España, ¿para qué cambiar a los representantes que están inmersos en situaciones de corrupción o que avalan a quienes son corruptos en su propio partido? Cada uno puede hacer con sus bienes privados lo que estime oportuno en su relación con los intereses privados de otros. Sin embargo, los efectos de no actuar bajo principios éticos son tremendamente perjudiciales para toda la comunidad. Los recursos públicos los pagamos entre todos y constituyen nuestro bien común.

Según varias investigaciones, sabemos que la corrupción depende de en qué medida son mal aplicadas las regulaciones que afectan la competitividad del mercado. Además, la corrupción distorsiona los incentivos en los cuales opera la empresa privada reduciendo la eficiencia económica. Al percibir la posibilidad de corromper a un funcionario o a un político, los negocios más productivos no dependen de la competitividad empresarial sino de su capacidad de influir en los responsables de tomar las decisiones sobre el destino de los fondos públicos. Existe evidencia de que la corrupción reduce el crecimiento económico pues disminuye los incentivos a la inversión, y actúa como un freno a la innovación.

La corrupción implica un robo de recursos públicos, afecta seriamente a la toma de decisiones en el sector público, y lleva una pérdida de confianza en la capacidad del gobierno para desarrollar las políticas económicas. Por un lado, la corrupción influye en la aprobación de proyectos públicos dependiendo de la capacidad que tiene el funcionario o político corrupto de extraer beneficios del mismo y no a su urgencia social. Una prueba de ello es la tendencia a financiar megaproyectos de infraestructuras de cuestionable valor social, con decisiones inadecuadas de inversión y tecnología.

La corrupción deslegitima el sistema político deteriorando los valores democráticos, frente a ello, como manifiesta Manuel Villoria -fundador de Transparencia Internacional-,“l o ideal sería conseguir una ciudadanía que fuera también virtuosa, que se preocupara de la política, que tomara cartas en el asunto, controlara a los políticos, les exigiera y además que se contara con unas instituciones sólidas que obligaran a los políticos a rendir cuentas y a informar”.

Entre esos aspectos virtuosos de la ciudadanía se encuentra el acierto a la hora de elegir a nuestros mejores representantes, y sería deseable que nuestra propia vergüenza no se vea convulsionada al votar a partidos que acogen o encubren a corruptos o imputados (algo inaceptable en los países europeos avanzados). Sobre todo para evitar con ello una característica social de la corrupción que la hace muy peligrosa y es que se retroalimenta. En tanto que mostremos a nuestros hijos, familiares y amigos que nuestra elección apoya a los corruptos o a sus garantes, provocamos que aumente la percepción de permisividad, lo cual incentiva a quienes nos rodean a realizar nuevamente actos de corrupción.

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La sociedad de la transparencia

 

La ‘carrera’ hacia la transparencia no se regula intercalando zonas oscuras, pero tampoco sobreabundando datos que convierten la nitidez en deslumbramiento

 

Nuestros actuales males y perversiones en la vida política pasan por superar la crisis de gobernanza, cuyo debate está presidido por la patente amenaza de falta de ética

JOSÉ MOLINA

 

 

Los impulsos de más transparencia y participación se enfrentan con quienes piensan que, sin espacios propios viven como en ‘campos’ y que la desaparición de la intimidad es un nuevo totalitarismo ––como divulga el filósofo alemán, de origen coreano, Byung-Chul Han–– por lo que levantan una bandera contra lo que denominan ‘el infierno de lo igual’. Ante estas manifestaciones es recomendable avanzar con sumo cuidado, porque todo cambio cultural necesita situar los límites y las diferencias.

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Vivimos en espacios desajustados. Exigir información a los gobernantes es fundamental, pero si la respuesta es lanzar hacia el ciudadano una sobrecarga de información, como el que arroja datos a un contenedor, el resultado es igual que cero informaciones porque, al sobreabundar los datos superponiéndose unos a otros, el ciudadano tiene muchas reseñas, pero ninguna información. Es lo que el periodista y filósofo Ignacio Ramonet llama ‘la nueva censura’ y, también, de algún modo es la alerta que emite Byung-Chul en el sentido de que la ausencia de negatividad convierte a la transparencia en “una nueva palabra para la uniformación”. Pareciera que se quiera totalizar el concepto de la transparencia hasta convertirlo en un fetiche.

 

La sociedad de la transparencia es sociedad de la información, y la información no aspira al poder sino a la atención, ‘estar al tanto de lo más significativo de la vida de cada uno’ para que la verdad no sea un contraste vacío que llene de contenido la apariencia. Nuestro mundo no necesita que le ‘engendren nuevas verdades’, sino que la luz haga que la oscuridad no esté presente en la vida social. Es la hora de eliminar el maquillaje y salir a la vida sin postizos. No juguemos más con máscaras y roles. Iniciemos el discurso del corazón, como nos recomendaba Rousseau.

Es verdad que, como casi todo en esta época de ‘la comunicación instantánea’, la cultura de la transparencia camina muy deprisa. De ahí que la transparencia precise que las instituciones se coordinen para evitar desajustes en los espacios sociales, provocados por la transición, deprisa, deprisa, de una sociedad opaca y cerrada a otra en la que la participación es un valor democrático, hoy complicado de concordar en el panorama anterior. Es el momento de analizar los desajustes porque hay mucho por novar y por reformar, sí, ya que la entrada de información en la vida de la ciudadanía sin un método educativo provoca falta de confianza, como se aprecia en las redes sociales donde no encontramos sentido de comunidad y sí acumulación de egos, incapaces de una acción común, de un nosotros.

Falta el espíritu, la explotación conjunta de lo social, para una nueva dialéctica de la libertad donde no existan muros mentales, ni de clase, ni de género, ni étnicos, ni religiosos. En la exposición de motivos de la nueva Ley de Transparencia de la Región de Murcia (Ley 7/2016) se dice que es “un reto actual, recuperar la confianza de la ciudadanía en las instituciones… y para conseguirlo es imprescindible mejorar la calidad de la democracia”. Es decir que, además del voto, hay que ejercer el derecho a saber, participar y colaborar activamente en las decisiones del poder.

Esta ley nos señala que seamos vigilantes para tener unas instituciones libres, sin grupos de interés que gobiernen en la sombra y nos arruinen luego con sus agujeros negros, por lo que también amplía los principios generales ––de nueve a diecinueve–– con el deseo de construir un modelo que elimine confusiones. Porque la ‘carrera’ hacia la transparencia no se regula intercalando zonas oscuras pero tampoco con la sobreabundancia de datos que convierten la nitidez pretendida en un deslumbramiento que nos impide ver con claridad que nuestros actuales males y perversiones en la vida política pasan por superar la crisis de gobernanza, cuyo debate democrático está presidido por la patente amenaza de falta de ética.

José Molina Molina

Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia

Publicado en el Diario La Verdad el 4 de junio de 2016

 

 

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Portales de Transparencia

Los gobiernos no se abren, exponen sus datos semienterrados en web profundas que no tienen un fácil acceso a una búsqueda educativa, informativa y formativa para la reutilización de la información. Hay que llamar la atención antes de que el esfuerzo se convierta en fracaso. El ciudadano tiene que entrar en un “portal de transparencia” como si entrara a un supermercado, donde por pasillos bien clasificados podamos “coger” con facilidad lo que precisamos, y de esta forma, ciudadanos, analistas, periodistas, estudiantes e investigadores, consumidores y los sectores económicos, podrán satisfacer su “lista de demanda” sin un trabajo enloquecedor por la búsqueda de archivos en lo que se conoce por las profundidades de los portales.
El objetivo de los Portales de Transparencia no es abrir los archivos, sino estimular la comprensión de los datos de una Administración Pública que ha ejercido la opacidad como una enseña de poder para diferenciarse de los demás. Deseo que la Transparencia nos facilite la comprensión, porque es el camino de la conquista de nuestro derecho a saber.

La solución no es simple, pero precisamente por ello, se precisa tomar muy en serio el diseño y el contenido. Los motores de búsqueda de la información más deseada, y exponer los datos con facilidad, en pasillos transitables como si de un supermercado de la información se tratara. Es ayudar a los rastreadores para que todo esté en la superficie, bien clasificados y sin caducar el producto.

La información nos da ideas, nos sugiere más preguntas, posibilita salir de los lugares comunes, y prepara a la ciudadanía para ejercer su derecho a pedir una rendición de cuentas a la que tiene derecho. Ese es un motor que fortalecerá el cuerpo social, seamos exigentes con nuestros políticos y mejorará nuestra democracia. Queremos salir del desconcierto, y para ello tendremos que superar nuestras limitaciones, para que desde los principios, pedir que los que nos gobiernan busquen los acuerdos posibles, porque la política tiene que aprender a operar en los nuevos escenarios dinámicos, en donde no es inestabilidad, sino un nuevo aprendizaje con el soporte de los conocimientos, y de ahí la importancia de garantizar la institucionalización del derecho a la información en procesos colectivos. Queremos más democracia, pero sin transparencia, seguiremos colonizados y con una cortedad de vista. Desterremos las malas políticas, porque sin transparencia no hay democracia.

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UN GOBIERNO PARTICIPATIVO

 

Ganar unas elecciones es como llegar a la meta. Es participar. El triunfo no debe aislar, sino convertirlo en un abrazo con la ciudadanía. El éxito es ese momento donde se puede producir la emoción colectiva del triunfo. Ganamos todos. Un gobierno participativo, es esa emoción de haber conseguido llegar juntos a la meta. Es un gobierno que marcha al ritmo de su ciudadanía, y en esa ruta debemos evitar los obstáculos, elegir un camino ancho y definir bien las etapas para recuperar fuerzas y que la sociedad avance sin quedar nadie rezagado.

La hora de la emoción
Iniciemos los cambios más fáciles y las que acumulen más espacios, así el desánimo no se hará presente al inicio de la ruta. Dejemos para su momento las rutas de mayores obstáculos, porque estaremos más preparados para superarlas. Hay que conseguir el cambio. Un cambio social que demanda la ciudadanía como deseable, que incluya a todos, en una marcha incluyente, abierta y que incorpore a todos los que desean llegar a ese destino lo suficientemente atractivo. Hay que intentarlo rompiendo medidas.
Hoy no se puede pensar seguir gobernando como en tiempos pasados, no se puede dar la imagen de bandas rivales, la historia está cambiando el mundo, y algunos políticos siguen viviendo en un mundo equivocado. La participación en programas de principios globales, es posible y será un camino para encontrar la salida a esta crisis de gestión, porque juntos se puede gobernar mejor para construir un Novísimo Estado Social de Derecho. Se puede y se debe intentar.
José Molina Molina

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Por qué la transparencia

Agradecer a Aranzadi y a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación la organización de este acto, y a los compañeros de esta mesa de debate, Esther Arizmendi, Jesús Lizcano, Odón Elorza[1] y Jorge Fabra y a todos aquellos que han dado su apoyo para que este trabajo se divulgara, asegurándoles que este proyecto nació colectivamente y seguirá  desarrollándose gracias a ese impulso que estoy recibiendo. Trabajamos todos por una nueva sociedad,  por el cambio a una cultura en donde la transparencia y el buen gobierno sea una enseña de todos sin color ni partidismos.

Y digo sin partidismos, porque siempre he tenido la concepción de  mostrar  “las cuentas claras” tal y como son, ese concepto popular, de que dos y dos son cuatro, por el que he luchado desde mi profesión para que los datos económicos  nunca sean  cocinados. Creo firmemente en los sistemas de control independientes para constatar  la vida real de la economía y construir el  SER de las organizaciones, y el Deber SER de los que las gestionan. Una idea de compromiso para que el sistema se perfeccione y  elimine aquellos  poderes no democráticos que  nos oprimen.

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Cuando inicié este trabajo me pregunté por dónde empezar, y  pensé que un primer paso sería contar con un parlamentarismo más participativo que impulsara el control ciudadano de sus instituciones, con más eficacia en  los controles financieros y más eficiencia en el gasto público. Un cambio en la responsabilidad social corporativa, mayor impulso de la participación ciudadana, y eliminar los agujeros negros del sistema. Transformar la auditoría en un componente esencial en el funcionamiento del sistema, y desarrollar una activa transparencia desde la vida local, sin olvidar,  un nuevo contrato social en una Europa solidaria, federada e integrada. Con un mensaje final: sin transparencia no hay democracia. Estas son  las cuestiones que abordo en los doce capítulos de un libro sencillo, con unas conclusiones para servir de plataforma de debate, deseando que llegue a todos los espacios y lugares.

Es un libro desde una visión de  la economía, la política y sociología participativa, para comprender que desde los principios del sistema económico,  la oferta y la demanda, se conciben como transparentes, y cuando se rompe ese equilibrio, surgen los oligopolios. Y si pasamos a la teoría contable y hablamos de los “balances”   pedimos claridad para conocer lo que cada uno tiene, sin maquillajes. Es el  deseo de  una economía transparente, para que sea garantía de un sistema equilibrado  en una  sociedad en donde la confianza es un principio.

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Más utopía, por favor

 

Decía el escritor y pensador Eduardo Galeano –fallecido en 2015– que la utopía está en el horizonte. Caminas dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. La pregunta surge… ¿Sirve la utopía para algo? Sí. La utopía sirve para caminar. Para recorrer ese camino de la vida, que nos decía Machado, como un constante avance.

Iniciamos el año 2016 con demasiado peso en la mochila y hay que despojarse de lo que nos impide seguir con paso firme. Es una contradicción vivir a golpe de ‘clic’ y por otro lado mantener procedimientos anacrónicos, discursos tediosos, ideas petrificadas que son un auténtico peso muerto en lo jurídico, en lo social, en lo económico y en lo político. Nos pierde la inmediatez, cualquier impulso que desea acercarse a un nuevo horizonte, ese punto de lejanía que se mueve para que la historia avance diez pasos más, es tachado de utópico e irreal. Hoy se vende realismo por las cuatro esquinas y todo aquello que presenta obstáculos se rechaza, sin más consideración,  por puro escepticismo. Está prohibido soñar.

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En nuestra historia reciente, el miedo, que es la cara oculta de la utopía, está presente en todos los mensajes oficiales. Nos quieren confundir con mensajes distópicos de sociedades de futuro con paisajes gélidos y planetas gobernados por extraños dictadores, robots que dirigen una vida artificial en la que difícilmente se puede soñar. Nadie nos pone un ejemplo de lo que sería Europa con una federación de todos sus pueblos, con un sistema participativo en el que los ciudadanos, libre y directamente, elijan a su presidente, una Unión de donde ya nadie quiera irse porque la solidaridad funciona entre sus instituciones, sus regiones y ciudades, que minimiza desigualdades porque se ha conseguido transparencia en la vida económica, porque ya no hay fraude, ni líneas rojas. Y es que en la sociología, en la política, en la economía, en la vida, todo funciona mejor si se mira el horizonte que si se mira el ombligo.

Al horizonte miraron para luchar por la emancipación de la mujer, para mejorar la economía, para abolir el trabajo infantil, para proclamar la educación universal, la libertad sexual y tantas cosas que se han conseguido gracias a la utopía, no al realismo. Kumar nos explica que el género utópico ha demostrado más sobriedad que los doctores de los dogmas realistas: “La mitad de la humanidad se va a la cama con hambre por culpa de todos los jefes realistas del mundo”, replicó Kumar a sus críticos. Siempre se descalifica a los utópicos, porque se quiere impedir que sus propuestas lleguen y transformen. Sin trabas, derribando muros y opresiones para alcanzar una democracia compartida.

Hoy observamos que el pensamiento político está siendo dominado por los que, teniendo más poder, tienen menos ideas por lo que es legítimo que nos preguntemos hasta qué punto las fuerzas progresistas siguen actualmente en esta batalla de la imaginación. Desde los medios nos comunican mensajes tan cortos que no sirven para dar un paso hacia ese horizonte de esperanza y, por otro lado, a la Academia le falta músculo para abordar los grandes retos contemporáneos. Estamos faltos de conjugar ese proyecto utópico que cada ciudadano nos hemos forjado en nuestro horizonte.

El sociólogo, filósofo y ensayista Bauman hace años ya nos decía que “la sociedad donde nos gustaría vivir, se califica siempre de utopía” y desde su obra nos impulsa a seguir buscando otra sociedad, otra realidad. Porque la felicidad social no la da el consumo sino seguir soñando que es posible. Son muchos los líderes que soñaron y hoy vemos sus sueños cumplidos.

José Molina Molina. Presidente  del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia. Doctor en Economía y Sociólogo.

Publicado en el diario LA VERDAD el 17 de enero de 2016

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UNA NUEVA POLÍTICA ECONÓMICA PARA UN ESCENARIO NUEVO

UNA NUEVA POLÍTICA ECONÓMICA PARA UN ESCENARIO NUEVO

Por una política económica que identifique los espacios comunes de la izquierda

Las elecciones generales del pasado 20 de diciembre han arrojado unos resultados inéditos en nuestra última etapa democrática. Ningún partido posee por sí solo una mayoría suficiente para formar gobierno, lo cual no significa que no existan mayorías. Se trata de un escenario habitual en los países de nuestro entorno y no tiene por qué implicar formaciones de gobierno menos satisfactorias que otras a las que estamos más acostumbrados. Todo lo contrario.

Como ejemplo basta la última legislatura, en la que el Partido Popular, con mayoría absoluta parlamentaria y por tanto en circunstancia de gran estabilidad política interna, ha realizado una negativa gestión de gobierno que ha producido una verdadera involución económica y social en España. Su apuesta por la austeridad y la devaluación salarial no sólo no ha conseguido corregir los desequilibrios económicos y sociales, sino que los ha ahondado.

España es hoy un país con una deuda pública que ronda el 100% del PIB, el déficit público combinado de la Administración General del Estado y de la Seguridad Social es superior al de 2011, los salarios se han reducido de manera especialmente aguda entre el 30% de la población con menores ingresos, el nivel de empleo es inferior al del inicio de la legislatura y el paro se ha vuelto más crónico, se ha reducido el grado de protección de los desempleados, se ha extendido la precariedad laboral y, como resultado, se han incrementado drásticamente la desigualdad y la pobreza. En definitiva, la recuperación de la actividad y el empleo registrados no han permitido que se supere la degradación social provocada por la política económica. La mejora del cuadro macroeconómico de España, compatible con la persistencia del deterioro social, es la mejor prueba de la naturaleza regresiva de la política económica seguidapara superar la crisis.

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Es a esta situación a la que han respondido los ciudadanos en las elecciones. Frente a una mayoría absoluta en la pasada legislatura que ha generado una tremenda zozobra para los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país, los comicios han dado como resultado una nueva mayoría plural y progresista, cuya prioridad no puede ser otra que la corrección de los errores que han caracterizado la legislatura acabada.

Estamos firmemente convencidos de que, más allá de la complejidad de la estructura parlamentaria surgida de los comicios, sus resultados abren la puerta a un nuevo ciclo político que debe servir para realizar un giro sustantivo en nuestra política económica y social, orientado a un crecimiento sostenible y equilibrado, a la creación de empleo de calidad y con derechos y a la recuperación de la protección y la cohesión social. Si los equilibrios parlamentarios lo permiten, la responsabilidad de todos no debiera ser eludida.

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